De After Hours a Afterworks

Crónica de una noche que fue templo, y de un día que aprendió a beber sin olvidar

“La noche no era una excusa para evadirnos.
Era un lenguaje. Un mapa emocional.
Y en ella bailábamos lo que no sabíamos decir.”


I. Cuando la noche no tenía nombre (y no lo necesitaba)

Hubo un tiempo —no hace tanto, aunque suene a leyenda—
en que salir no era una rutina, ni una obligación social.
Salir era una ruptura. Un salto al vacío. Un acto de fe.

No había stories.
No había selfies.
No sabíamos si volveríamos a casa esa noche, o esa semana.
Y nos daba igual.
Porque el viaje no era desde el hogar hacia el bar…
era desde la piel hacia lo inefable.

En los 90 y principios de los 2000, salir de fiesta era
el arte de perderse para encontrarse.
Y el after, ese limbo entre la noche y el día,
no era una continuación:
era el verdadero clímax.


II. Las catedrales eran fábricas, okupas y cuevas

No se hablaba de diseño ni de “ambiente acogedor”.
Los templos de la noche eran oscuros, crudos, sin fachada.
Eran auténticos porque no pretendían nada.

  • Casas okupas llenas de graffitis, fuego y ritmos sucios.
  • Naves industriales convertidas en catedrales de techno.
  • Antros sin cartel, donde las ventanas estaban tapadas y el tiempo no entraba.
  • Raves en calas, accesibles solo para quien sabía llegar (o se perdía).

El ritual empezaba antes:
llamadas en cabinas, puntos de encuentro secretos,
mensajes de voz a las 2am con direcciones a medio decir.
Llegabas por instinto, como los animales a sus madrigueras.
Y una vez dentro… no querías salir.
No podías. Porque algo te sujetaba.
La música. El sudor. La tribu.


III. La música era un trance. No un fondo.

Hoy la música de fondo se escoge para no molestar.
Entonces, era una droga en sí misma.

No había pantallas, ni luces bonitas, ni influencers en cabina.
El DJ era invisible.
La pista era el único lugar sagrado.
No se hablaba. Se bailaba.

Y no se bailaba “bonito”.
Se bailaba como si el cuerpo fuera el alma intentando escapar.

  • En los afters de extrarradio: techno berlinés, acid, electro duro.
  • En okupas: punk electrónico, drum’n’bass, hardcore ibérico.
  • En playas: psytrance, goa, dub tribal con tambores en directo.
  • En las casas: sonidos rotos, Portishead, Massive Attack, ambient opiáceo.

No se trataba de entender la música,
sino de dejar que ella te entendiera a ti.


IV. Las sustancias como exploración, no como escape

Había drogas, sí.
Muchas. Diversas.
Pero no eran una moda, ni una pose, ni una receta de TikTok.

Eran llaves.
Puertas.
Catalizadores de experiencias más profundas que cualquier conversación sobria.

  • El MDMA convertía la pista en una iglesia del amor.
  • El speed te daba alas para seguir cuando el alma aún no quería parar.
  • El LSD abría el cielo en las raves de cala, con la luna mirándote fijamente.
  • La ketamina te llevaba a lo liminal, entre el derrumbe y la resurrección.
  • El hachís era la pausa, el instante para mirar al fuego y filosofar en voz baja.

Había riesgos.
Había bajones.
Pero también había cuidado.
El after era cuidado mutuo.
Botellas de agua compartidas como si fueran sagradas.
Miradas que te sacaban de un mal viaje.
Abrazos a desconocidos que jamás olvidarás.


V. No éramos clubbers. Éramos tribu.

Lo más fuerte no era la música.
Ni el lugar.
Ni las drogas.

Era el lazo invisible entre quienes coincidíamos allí.

Había un código no escrito:

  • No preguntar demasiado.
  • No juzgar.
  • No mirar con deseo, sino con reconocimiento.
  • No robar. No interrumpir el trance de nadie.

Y sobre todo:
cuidar el viaje del otro.

Los afters eran hospitales del alma.
Espacios donde el día y la noche se fundían,
y las personas se abrían como nunca lo harían en la luz.

Allí se lloraba.
Se reía como niños.
Se hablaba de filosofía sin saberlo.
Se vivía lo sagrado sin usar esa palabra.


VI. Y un día… llegó el “afterwork”

La ciudad creció.
Nos volvimos “adultos”.
O más bien, nos volvimos productivos.

Y en algún punto…
la noche fue domesticada.
Los beats se ralentizaron.
El vino reemplazó a las botellas de agua.
Los locales se hicieron “instagrameables”.
Y nació el “afterwork”.

Ahora el after es otra cosa.

  • Hora y media después de la oficina.
  • Cócteles con romero.
  • Música a volumen amable.
  • Frases hechas sobre proyectos.
  • Gente que se mira como si se evaluara mutuamente.

Está bien.
No es condenable.
Es otra etapa.
Pero no es la misma magia.


VII. El eco del tambor sigue vivo

A veces, cruzando una calle escuchas un bombo lejano.
Un grave que hace vibrar el pecho.
Una mirada distinta en alguien que pasa.

Y lo sabes:
aquel espíritu no murió.

Sigue latiendo bajo tierra,
en sótanos, en clubs secretos,
en fiestas que no se anuncian.

Aquel fuego sigue en nosotros.
Aunque trabajemos.
Aunque madruguemos.
Aunque tengamos hijos.

Sigue ahí.
Esperando que lo recordemos.


VIII. Stirocio como puente entre dos tiempos

En Stirocio no queremos elegir entre el after perdido y el afterwork presente.
Queremos recordarlo todo.
Celebrar lo bueno de ambos.
Y sobre todo, crear espacios donde el alma pueda respirar otra vez.

  • Donde se hable de música de verdad.
  • Donde los locales tengan historia, no solo diseño.
  • Donde la coctelería sea alquimia, no marketing.
  • Donde el after vuelva a significar transformación.

Queremos conectar a quienes bailaron hasta el amanecer…
con quienes aún no saben lo que eso significa,
pero lo sienten dentro.


IX. ¿Y si no se trata de nostalgia, sino de memoria?

No queremos “volver atrás”.
Eso sería negarlo todo.

Queremos honrar el viaje.
Recordar que fuimos parte de algo mágico.
Y que aún podemos serlo.

Queremos que en esta red,
la hostelería no sea solo negocio,
sino arte, refugio y espacio para la transformación.


“Bailamos para no olvidar.
Brindamos para no callar.
Recordamos para que la llama siga encendida.”

Stirocio no es solo una web.
Es un mapa emocional para quienes aún buscan.
Para quienes aún creen.
Para quienes saben que, en alguna parte…
la noche sigue bailando.


1 Comment

  • Prity Tv

    27 Jun, 2025

    La verdad viví esa época y eres un desmadre salías un jueves y no regresabas a casa hasta el lunes,

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